Día 1:
Llegamos a Miami por la tarde y nos alojamos en el Mayfair House Hotel & Garden, en pleno Coconut Grove, al sur de Downtown Miami y junto a Biscayne Bay. Está fenomenal situado porque puedes salir andando a restaurantes, tiendas y cafés. (Mayfair House Miami)
Coconut Grove nos gustó mucho como primera toma de contacto con Miami. Es una de las zonas históricas de la ciudad y tiene un ambiente bastante diferente al Miami de grandes edificios y playas que todos tenemos en la cabeza: muchísima vegetación tropical, calles agradables para pasear, casas, pequeños comercios, terrazas y una vida bastante relajada.
Nada más llegar fuimos andando a comer a Amal Miami, un restaurante libanés muy cerca del hotel. Un sitio precioso, muy cuidado, con una interpretación bastante contemporánea de la cocina libanesa y platos pensados para compartir. (Amal Miami)
Después estuvimos paseando un rato por Coconut Grove, entrando en algunas tiendas y conociendo el barrio, pero en agosto el calor y la humedad en Miami son tremendos, así que terminamos volviendo al hotel, y aquí una de las cosas que nos gustaron del Mayfair House Hotel & Garden: la piscina está en el rooftop, rodeada de vegetación, con vistas sobre Coconut Grove y con el Sipsip Calypso Rum Bar, donde puedes tomarte un cóctel tranquilamente. Para una tarde de muchísimo calor fue el plan perfecto. (Mayfair House Miami)
Después de descansar un poco, salimos a cenar también andando desde el hotel a OMAKAI sushi, un japonés especializado en sushi y en menús tipo omakase, en los que vas probando una selección elegida por el chef. Está también en pleno Coconut Grove y nos pareció muy recomendable para una cena informal pero especial.
Y así terminó nuestro primer día en Miami: Coconut Grove, buena comida, un paseo entre vegetación tropical, un baño en el rooftop y sushi para terminar la noche. Una llegada muy fácil y muy agradable a la ciudad.


Día 2:
Lo dedicamos a Miami Beach. Fuimos en Uber hasta South Beach y Ocean Drive, una de las zonas más icónicas de la ciudad, con su arquitectura art déco y ese ambiente tan característico que se siente desde primera hora del día.
Paseamos por Ocean Drive, vimos el famoso Palace con sus shows de drag queens, y bajamos a la playa, donde destacan las típicas casetas de socorristas de colores, casi como un símbolo de la ciudad.
Después recorrimos el Art Deco Historic District y entramos en el Wolfsonian Museum, que es muy interesante para entender la historia del diseño y la estética de toda esta zona. También pasamos por Española Way, una calle peatonal con aire mediterráneo, muy bonita y con bastante vida, llena de terrazas y restaurantes.
De hecho, en esa misma zona estuvimos también en el hotel Esmé, es un hotelito muy mono, con mucho encanto, perfecto para tomar un cóctel en su terraza. Eso sí, hay que tener en cuenta que es completamente al aire libre y en agosto el calor es bastante intenso, así que la experiencia es bonita pero muy veraniega en todos los sentidos.
Para comer acabamos en Milos, un restaurante griego de pescado fresco que nos recomendó el conductor del Uber, y fue un acierto total.
Y aquí viene una de las anécdotas del día: el conductor del Uber, Fernando, resultó ser casi un guía improvisado de Miami. Empezamos hablando de lo típico, pero acabó contándonos un montón de cosas de la ciudad, recomendándonos sitios y, al final, incluso nos propuso hacer un pequeño tour por distintos puntos aprovechando el calor y el tráfico. Fue de esas situaciones que no planeas, pero que hacen el viaje mucho más especial, porque acabas viendo la ciudad a través de los ojos de alguien que la vive de verdad. Fernando, además, tiene su propia empresa llamada Miami Way Tours, con la que organiza recorridos por la ciudad, así que sin querer acabamos con un “guía local” de lujo.
Por la tarde, con él, fuimos a descubrir Wynwood, un barrio completamente diferente al resto de Miami. Es una zona muy alternativa, conocida por su arte callejero y sus fachadas intervenidas por grafiteros de todo el mundo. Cada calle parece una galería al aire libre, y la verdad es que es un lugar muy interesante de recorrer.
Además del arte, Wynwood tiene también una escena gastronómica muy potente, con buenos restaurantes, cafeterías y una vida nocturna bastante animada. Es una zona con un ambiente más creativo y desenfadado, donde también hay tiendas curiosas y espacios muy originales.
Entramos en una tienda en concreto que nos llamó mucho la atención: un espacio donde convivían coches antiguos y guitarras, una mezcla bastante inesperada pero muy interesante, casi como un pequeño museo alternativo dentro del barrio.
Y antes de terminar el día, Fernando nos llevó también por una zona residencial de Coconut Grove, con grandes mansiones que daban directamente a los canales. No sé exactamente si pertenece a Coconut Grove o a la zona de Coral Gables, pero es de esas áreas donde todo está conectado por agua, con canales navegables y casas con muelle privado. Es una parte de Miami completamente distinta: silenciosa, verde, muy cuidada y con un aire casi de película. Verla en coche, sin prisas, fue uno de esos momentos que no esperas y que se te quedan grabados del viaje.
Pasamos también por el Design District, una de las zonas más exclusivas de Miami. Es un área dedicada completamente al lujo, pero con un concepto muy particular: cada firma tiene su propio edificio o espacio independiente, lo que hace que el paseo se sienta más como recorrer un museo de arquitectura contemporánea que un centro comercial.
Todo está rodeado de muchísima vegetación, con plazas abiertas y espacios muy cuidados donde la gente se sienta a tomar algo. De hecho, nos paramos en la plaza central a tomar un café en Dior Café, un sitio muy icónico dentro del barrio, y también en el café de Louis Vuitton (Le Café V), que es otro de los puntos más conocidos de la zona. Es un lugar donde el lujo se mezcla con el diseño, la arquitectura y un ambiente bastante relajado para lo que uno podría imaginar.
Fue una forma muy distinta de conocer Miami, más local, más auténtica y alejada de las zonas más turísticas, pero también con ese lado más sofisticado que tiene la ciudad.
Y por último, pasamos por Little Havana, una de las zonas más vibrantes de Miami, llena de restaurantes, locales con música en directo y ese ambiente cubano tan característico. Allí nos recomendaron probar un sándwich de la marca Sanguich, y la verdad es que fue todo un acierto: sándwiches cubanos riquísimos, de esos que te recuerdan por qué esta zona es una parada obligatoria en la ciudad.


Día 3:
Nuestro día tres en Miami empezó como suelen empezar los buenos días de viaje: sin prisa. Nos fuimos caminando hacia Coral Gables, que es como entrar en otra versión de Miami. Todo es más tranquilo, más verde, más “elegante de postal”.
Después nos metimos un rato en un centro comercial de la zona, más para curiosear que otra cosa, y acabamos haciendo algunas compras.
La comida fue en Mandolin , un restaurante griego que nos gustó muchísimo. De esos sitios que no hacen ruido, pero que cuando te sientas entiendes por qué funcionan: producto fresco, platos bien hechos y un ambiente muy agradable, sin pretensiones.
Justo enfrente hay un parque que nos encantó, lleno de esculturas al aire libre. Entre ellas, varias de Botero, con sus formas tan reconocibles, y también las típicas letras de “LOVE” que ya casi son un clásico de cualquier ciudad. Es de esos sitios donde sin darte cuenta te quedas un rato más del previsto. Era una galería al aire libre con precios prohibitivos, que te hace pensar en las fortunas de mucha gente de Miami.
Design District, que es prácticamente otro mundo. Aquí todo cambia: arquitectura moderna, tiendas de lujo, arte en cada esquina y una sensación constante de estar en un espacio muy cuidado.
Terminamos el paseo sin prisa, simplemente disfrutando del ambiente, del arte y de esa mezcla tan Miami entre diseño, lujo y vida urbana.
Desde allí cogimos un Uber hasta Bayside Marketplace, donde embarcamos para hacer el típico paseo en barco por la bahía. Es una de esas actividades muy turísticas, sí, pero también de las que merece la pena hacer al menos una vez: ver el skyline de Miami desde el agua cambia completamente la perspectiva de la ciudad. Fuimos con Island Queen Cruises, que hace el recorrido por la bahía mientras van explicando lo que vas viendo: las islas, las casas de los famosos y toda la zona de Miami Beach y Downtown desde el mar.


Día 4:
El cuarto día cumplimos una de las ilusiones de mi marido: alquilar un Jeep Wrangler para recorrer los Cayos de Florida y ya que lo cojimos, que sea en color verde lima que estamos en Miami!!
Primera parada, Key Largo, donde desayunamos en un sitio a pie de carretera, de estos súper auténticos. En el baño tenían unos scrubs de sales con aceite de coco para probar… y claro, técnica de venta perfecta: los pruebas, hueles a coco y ya están vendidos.
Después seguimos hacia Islamorada, entrando por algunas de esas callecitas que bajan hacia el mar. Me han encantado las casas de madera, construidas en alto, en colores pastel, verdes, rosas, amarillos y casi todas con su barco en la puerta. Una imagen muy de los Cayos.
Llegamos a Wahoo’s, un restaurante con marina, y allí hemos alquilado un barco con Dan, nuestro capitán. Dos horas, unos 400 dólares, y ha merecido muchísimo la pena. Primero hemos hecho snorkel entre corales y montones de peces: hemos visto una tortuga marina, una barracuda e incluso un tiburón descansando en el fondo. Después, un rato de pesca y hemos conseguido pescar un mero-1
De vuelta al puerto hemos ido al Islander Resort, a pocos minutos en coche. Hemos comido allí un sándwich buenísimo, estupendo de precio y, como todo en Estados Unidos, de un tamaño descomunal. Todavía no me acostumbro a estas medidas.
Y hemos terminado con un baño en su piscina, entre cocoteros y hamacas. Un sitio idílico y un planazo para rematar el día antes de volver a Miami.
Para finalizar, de vuelta, parada para algunas compras… y a descansar para nuestro regreso a España.










